Por:Orlando Páez Salcedo
Cuando la seguridad vial choca con la realidad del tránsito en la República Dominicana
En la capital dominicana, el tránsito no solo se mide en kilómetros recorridos. Se mide en paciencia, en tiempo perdido y en la silenciosa resignación de miles de conductores que cada mañana se enfrentan al mismo dilema: avanzar o esperar. En la Avenida República de Colombia, entre el tramo que conecta la Avenida Jacobo Majluta y la Avenida Monumental, ese dilema se ha vuelto más visible desde que la vía fue modificada para hacerla —en teoría— más segura y más fluida.
La intervención urbana trajo consigo ampliaciones en algunos segmentos de la avenida, nuevos retornos y carriles diseñados para reducir riesgos: carriles de desaceleración para entrar a los retornos y carriles de aceleración para reincorporarse al flujo principal. En el lenguaje técnico de la ingeniería vial, estas soluciones buscan ordenar el tránsito y disminuir conflictos entre vehículos.
Pero en la práctica, la experiencia del conductor común revela una paradoja.
Una vía más amplia donde nadie puede acelerar.
A pesar de las mejoras físicas en la carretera, el límite de velocidad permanece en 40 kilómetros por hora. Esto significa que los nuevos carriles diseñados para acelerar y reintegrarse al flujo vehicular pierden gran parte de su propósito. Los conductores que intentan utilizarlos correctamente se encuentran con una contradicción: la infraestructura invita a moverse con fluidez, pero la regulación obliga a mantener una velocidad reducida.
El resultado es una acumulación gradual de vehículos que muchos ciudadanos identifican como el clásico “tapón” de la capital.
No es un tapón tradicional provocado por un accidente o una avería. Es un fenómeno más complejo: una congestión producida por la desconfianza, la señalización incompleta y la adaptación lenta de los usuarios a una nueva forma de circular.
En varios puntos del tramo intervenido, las autoridades mantienen conos que restringen algunos carriles. En teoría, se trata de medidas temporales para guiar el tránsito mientras los conductores se acostumbran a la nueva señalización. En la práctica, los conos se convierten en un elemento más de fricción.
Algunos conductores los respetan estrictamente. Otros los atraviesan. Y muchos, al no confiar en las decisiones del vehículo de al lado, reducen aún más la velocidad.
Ese momento de duda colectiva es suficiente para multiplicar la densidad vehicular.
El lunes 9 de marzo, desde las 6:30 de la mañana, agentes de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (DIGESETT) se desplegaron en la zona para regular el tránsito y reducir la velocidad de los conductores. La jornada coincidió con un día de lluvia, lo que amplificó la precaución de los usuarios y convirtió la vía en un laboratorio urbano donde seguridad y movilidad parecían competir entre sí.
La razón detrás del operativo no era trivial.
Muchos conductores aún no respetan la señalización de las nuevas rotondas y retornos. Algunos intentan girar desde carriles incorrectos. Otros frenan de manera abrupta al descubrir un retorno que antes no existía. Cada uno de esos errores puede convertirse en un accidente.
Frente a esa realidad, las autoridades optaron por una estrategia conocida: disminuir la velocidad para reducir los riesgos.
En términos humanos, significa elegir el tapón antes que el choque.
Y aunque la medida puede ser impopular para quienes pasan largos minutos detenidos en la vía, también refleja una verdad incómoda del tránsito dominicano: las carreteras pueden modernizarse más rápido que la cultura de conducción.
Gran parte de los usuarios de esta avenida son adultos que prefieren manejar con prudencia. Muchos conducen a baja velocidad incluso cuando el espacio parece permitir más. Al mismo tiempo, la ampliación de la vía también crea oportunidades para conductores más jóvenes que interpretan los carriles adicionales como una invitación a acelerar.
Esa diferencia generacional en la forma de manejar genera otro tipo de conflicto invisible: el choque de estilos de conducción.
La ampliación de la Avenida República de Colombia demuestra que la infraestructura por sí sola no resuelve los problemas de movilidad. Una avenida más ancha no necesariamente significa una ciudad más rápida. Y una carretera mejor diseñada no garantiza que todos sepan utilizarla correctamente.
Lo que ocurre en este tramo de la ciudad es una lección de urbanismo en tiempo real.
Las autoridades han hecho un esfuerzo por mejorar la seguridad vial. Los nuevos retornos reducen maniobras peligrosas. Los carriles de desaceleración y aceleración son una herramienta técnica que en muchos países ha demostrado disminuir accidentes.
Pero ahora comienza el desafío más difícil: educar nuevamente al conductor.
Sin campañas claras, señalización pedagógica y una cultura de respeto a las normas, cualquier mejora en el asfalto puede quedarse a mitad de camino.
Porque al final, una avenida no se mueve sola.
La mueven las decisiones de quienes la transitan todos los días.

